LA DEPRESIÓN. ASISTENCIA PÚBLICA.

No soy médico ni tengo conocimientos profundos de medicina. Los conocimientos que tengo en este campo los he adquirido en forma autodidacta y son limitados, lo que no me impide tener una visión bastante completa de medicina básica. Los conocimientos que tuve cuando fui auxiliar de enfermería, en la Posta Central de Santiago de Chile, entre los años 1967 y 1969, se han ido esfumando con los años, aunque debo reconocer también que mi preparación como auxiliar de enfermería fue más bien pragmática. Nunca recibí una buena preparación teórica puesto que recibí ese trabajo gracias a influencias políticas del Partido Demócrata Cristiano. Yo no militaba ya en ese partido, pero una amiga de nombre Raquel tenía mucha influencia y logró que me contrataran sin haber hecho el curso correspondiente. Ella era empleada de servicio en la sección de cirugía, en el segundo piso del edificio ubicado en la calle Portugal. También ella había obtenido ese trabajo gracias a influencias políticas, al igual que la gran mayoría del personal médico, de enfermería, técnicos y empleados administrativos de ese hospital. Ser demócrata cristiano era, en esa época, un privilegio, pues abría todas las puertas. No era necesario estar preparado para llevar a cabo un trabajo, sólo bastaba con apoyar al presidente Frei.

Anécdotas de esa época tengo muchas y recuerdo algunas con mucha nitidez, aunque la mayor parte de mis vivencias se han desvanecido en mi mente. Más no son esas anécdotas las que narraré aquí sino las que pertenecen a una etapa posterior, cuando sufrí de amnesia. Ya he dicho antes que no contaré por qué perdí la memoria hasta que no haya mostrado claramente todo lo que sucedió antes de que eso ocurriera. Lo que me interesa contar ahora tiene que ver con un estado mental depresivo, a causa de esa pérdida de memoria.

No estoy de acuerdo en catalogar la depresión como una enfermedad. Por lo tanto, curar la depresión con fármacos o descanso no tiene efecto alguno. Al contrario, los medicamentos y la inadecuada terapia pueden agravar el estado del o de la paciente. La depresión es ocasionada por otra enfermedad, por falta de orientación, por falta de motivación o por ambas o las tres cosas.

Por lo tanto, se debe lograr un diagnóstico correcto de las causas que originan la depresión y tratarlas debidamente, informando al paciente de esas causas y la importancia de solucionar esos problemas para poder solucionar el estado de depresión.

Una vez logrado el diagnóstico correcto se debe motivar al paciente a mejorar las condiciones generales de su vida, en la medida que eso sea posible. El paciente debe recibir orientación sobre una dieta adecuada, que fortalezca sus defensas inmunológicas. Al mismo tiempo se lo debe motivar para que lleve a cabo actividades recreativas y hacer algún tipo de ejercicio físico.

Estoy seguro de que en esa forma se van a lograr mucho mejores resultados con los pacientes, lo que incidirá en el mejoramiento de su salud y su integración completa y satisfactoria en la sociedad. Al mismo tiempo, el sistema sanitario ahorrará mucho dinero, lo que beneficiará a toda la población, puesto que la salud pública se financia con los impuestos de todos los ciudadanos.

Por supuesto que si el país tiene una buena medicina preventiva, la sociedad ahorrará mucho más dinero pues se evitarán muchas enfermedades y muchos estados depresivos, de angustia, etc.

Voy a tratar de recordar uno de los episodios, cuando intenté quitarme la vida, a causa de una profunda depresión, debido a que no lograba recordar mi pasado:

Rosales era el apellido del enfermero que me había puesto en la camilla. No recuerdo a qué hospital me trasladaron aquella tarde. Tampoco recuerdo si hacía buen tiempo, si estaba nubado o hacía sol. Nada de eso me importaba, desde hacía muchos días, semanas o meses. No tenía una clara noción del tiempo que había pasado desde que había regresado a mi casa, aquella ranchita prefabricada que yo mismo había levantado al lado de la casita de mi madre, una casa más modesta, con piso de tierra y techo de láminas de cartón alquitranado llamadas fonolas. Lo único que me importaba era saber quién era yo, realmente, qué me había ocurrido y por qué vivía en ese lugar. Sabía que era mi hogar, por algunas características en la construcción de la casita. Pero no lograba comprender todo lo que había en derredor. No sabía por qué esa señora morena que vivía en la otra casita insistía en llamarme hijo. Cada mañana aparecía con una cara amargada y me preguntaba si quería desayuno, que cómo me sentía y si por fin la recordaba. Se acercaba a mí y acariciaba mis cabellos, lo que me ponía muy incómodo. No quería verla ni que me ofreciera nada, no quería creer todo lo que me decía y me irritaba enormemente que no respondiera a mis preguntas.

Esa tarde había aparecido en mi casa y había lanzado un grito que yo creía sentir muy lejano. Había entrado por una puerta que daba al patio interior y trastabillando había cruzado el recinto y había salido por otra puerta, que comunicaba con el antejardín donde había un hermoso ciprés que supuestamente yo había plantado. Era uno de los tantos detalles que ella me contaba y con los que pretendía hacerme recordar que yo era su hijo.

–          ¿Qué has hecho, Néstor? ¿Qué te ha pasado? ¡No, no puede ser. Llamen la ambulancia. Señora, vecina, por favor, que envíen una ambulancia, que mi hijo se muere!

En ese momento sentía yo una gran impotencia. Quería que esa mujer se callara. Deseaba que nunca hubiera entrado a mi casa y se diera cuenta de mi estado. Lo único que deseaba era desaparecer del mundo y que me dejaran hacerlo tranquilo. Sentía que las pastillas no hacían el efecto que me había propuesto. Creo que tardé mucho en tomarlas y las fuerzas no me alcanzaron para tomarlas todas, como era mi intención. El resultado era un estado de adormecimiento parcial. Era incapaz de moverme y no podía hablar. Al intentar decir algo salían de mis labios unos sonidos extraños, que se enredaban y que parecían aplastarme la lengua y toda la boca. Era como sentir un gran peso en la boca, los dientes parecían presionar los unos con los otros, como si no hubiera cabida para todos ellos. Quería decirle a esa señora que se callara, que no pasaba nada.

No sé si el rostro de Rosales expresaba sorpresa, tristeza o desidia, quizá todo eso y muchas cosas más. En ese momento no sabía que era Rosales, pero reconocía vagamente sus facciones. Más tarde, cuando logré levantarme solo de la camilla, en el hospital y logré escaparme, empecé a recordar algo más de aquel buen amigo y compañero de trabajo, pero recordar esa anterior vida me tomaría aun varios meses.

Nunca podré recordar cómo conocí a Rosales. Sólo sé que habíamos trabajado juntos en el mismo hospital. Él era camillero o algo así. Los camilleros trabajaban en las ambulancias. Eran uno o dos camilleros por ambulancia, más el chofer. Yo también había trabajado como camillero, al comienzo de mi trabajo. Después me pasaron a Urgencias, en el primer piso, adonde llegaban los heridos a bala, armas cortantes o víctimas de accidentes de tráfico. Entre los camilleros y los auxiliares de estas dos secciones surgían conflictos cuando no se podía constatar dónde habían fallecido algunos pacientes. Si alguien fallecía había que levantar un acta especial y a veces podía ser algo complicado, especialmente si el auxiliar tenía poca experiencia. Saber si un paciente estaba herido o muerto era fundamental, para facilitar posteriores investigaciones policiales. Muchas veces me enfrenté a ese problema, cuando llegaban pacientes agujereados pero que ya no sangraban. En pocos días pude determinar quienes habían sido heridos por estiletes, navajas, punzones o balas. Los primeros muertos me impresionaron. Luego me acostumbré a palpar sus cuerpos helados, buscando en vano algún signo de vida. Una vez comprobada la muerte por un médico, los cadáveres eran trasladados a la morgue.

De los heridos que se salvaban, la mayor parte eran enviados directamente a los quirófanos o a la UDI (Unidad de Tratamiento Intensivo). Otros eran curados allí mismo, con una rapidez sorprendente, porque las salas eran muchas y el hospital era el más completo y moderno de todo el país. Sin embargo, las esperas antes de las curaciones o tratamientos, eran largas porque los médicos tardaban mucho en abandonar las cómodas salas de descanso en donde se refugiaban la mayor parte del tiempo. Las enfermeras y auxiliares de enfermería estábamos todo el  tiempo trabajando.

Si ver la diferencia entre un muerto y un herido era difícil a veces, más difícil era administrar un medicamento, porque jamás me dieron instrucción alguna de cómo hacerlo. Bueno, alguna instrucción me dieron cuando algún otro auxiliar me mostraba cómo debía hacer algo. Las más duras experiencias que tuve esos primeros días eran las de poner mis primeras inyecciones, especialmente de personas extremadamente delgadas, que no tenían músculos donde poner una inyección intramuscular. Recuerdo a un viejito al que le recetaron magnopirol, una sustancia que mitigaba el dolor. Todas las ampollas de ese calmante eran grandes, de unos 10 cc. No sé cuanto tiempo pasé tratando de encontrar una parte de su cuerpo que me permitiera inyectarlo. Finalmente lo pinché en el brazo. Pero en ese raquítico brazo se formó un enorme globo, que no sé cómo se le disolvió después. El pobre viejito entró con un dolor y salió, seguramente, con una molestia peor con aquel mal administrado tratamiento. Creo que ese momento fue uno de los más tristes de mi vida y sentí unas terribles ganas de dejar ese trabajo y gritar, aunque aún no era consciente de mi situación como individuo injustamente emplazado en un puesto para el que no estaba capacitado.

En los días que trabajé en la sección de urgencias puse cientos de inyecciones. Lo que más recetaban los médicos era magnopirol y atropapa (una combinación de atropina y papaverina) Los médicos las gritaban, al mismo tiempo que escribían las recetas. Los auxiliares éramos como los camareros de un bar, que corríamos a preparar las inyecciones y luego las “servíamos” en las camas camillas, como si fueran las mesas de una fuente de soda en la que se gritaba “papasmayo”(ensalada de patatas y mayonesa) o cualquiera de los menús rápidos de esos negocios de comida rápida. Dolores de vesícula o renales eran los más comunes, aunque también había muchos casos de apendicitis.

Tuve la suerte de que no me dejaran mucho tiempo en esas secciones. A las pocas semanas y gracias a la ayuda de Raquel, que deseaba que yo trabajara en su turno y más cerca de su sección, me trasladaron a Post operados, en el quinto piso, que estaba frente a la UDI. Desde allí me trasladaron, más tarde, a la sección más cómoda del hospital, al tercer piso, donde estaban las salas especiales para pensionados. En esa sección se atendía a gente con mucha influencia y dinero. Casi todos esos pacientes solicitaban atención especial, aunque innecesaria porque siempre había personal que los podía atender, día y noche. Pero parecía formar parte de su estatus económico obtener atención preferencial y por eso contrataban enfermeras o enfermeros privados. Cada paciente tenía una habitación propia, con su cama y un cómodo sillón para sus visitas o su enfermero privado.

Los auxiliares de enfermería contratados en el hospital podíamos trabajar como auxiliares privados cuando estábamos libres, fuera de nuestros turnos. En esa forma podíamos ganar un sueldo extra o más. Se podía decir que éramos un grupo privilegiado, porque éramos nosotros los que decidíamos quién cuidaba a quién. En cada sala había dos auxiliares de enfermería y una empleada de servicio. No sé cómo sucedió, pero yo pasé a ocupar el puesto de jefe de mi sección, en el turno correspondiente. Fue así como pude ser contratado en forma privada por muchos pacientes, que se recomendaban unos a otros al personal que ellos consideraban que daban mejor atención. Yo tenía cierto don para poner inyecciones. Me era muy fácil encontrar la vena, aun en los casos de venas muy difíciles, para poner suero o aplicar medicamentos vía intravenosa. En cuando a las inyecciones intramusculares, aprendí con mucha rapidez a ponerlas sin dolor alguno. En más de alguna oportunidad debí ayudar a enfermeras universitarias que no sabían cómo encontrar una vena. También logré advertir a algunos médicos cuando se equivocaron con los tratamientos de suero, al recetar suero glucosado en lugar de suero salino u otros medicamentos. Mi deber era estar siempre bien informado de lo que se ponía en la Hoja de Vida de cada paciente, algo que asumí con mucho celo. Nadie se atrevía a contradecir las órdenes de los médicos, especialmente del doctor Alvarado, que era el Médico Jefe.

Mi carácter extrovertido y mi interés por aprender cada día más cosas me hicieron relacionarme con compañeros de trabajo de todas las secciones y me trataban en forma muy especial en todas ellas. Yo tenía un interés muy personal de que la gente me escuchara, puesto que había formado un movimiento cultural al que le había puesto el nombre de MOVCA, que significaba Movimiento Cultural de Avanzada. El movimiento tenía bases programáticas muy ambiguas y una especie de ideología filosófica que pretendía estar en el centro, en contraposición a la filosofía clásica y a la filosofía marxista. El movimiento se auto consideraba libre de influencias religiosas y políticas. Era, supuestamente, una nueva alternativa para formar conciencia social entre los ciudadanos de mi país. Todos los miembros del movimiento debían comprometerse a hacer una vida sana, dejando a un lado todo lo que fuera negativo para la salud. Todos debían dedicar parte de su tiempo a la lectura y aprendizaje de Historia y otras ramas del saber. Todos debían hacer deporte y ejercicio físico diario. Personalmente, yo no bebía alcohol, café ni té. Hasta ese momento sólo tenía un grupo de muchachos que salían a correr conmigo por los cerros. Subíamos a grandes alturas y hacíamos todo tipo de ejercicios. Nos alimentábamos de frutos secos, leche, queso y pan cuando salíamos de excursión. Lo que pretendía, entonces, era formar grupos de personas adultas. No lograba entusiasmar gente que quisiera formar parte de mi movimiento, pero la mayoría de mis compañeros de trabajo me escuchaban con mucha atención y decían estar de acuerdo conmigo en todo lo que yo decía. En pocas oportunidades logré convencer a algunos compañeros para reunirnos en un lugar fuera del hospital. En las reuniones todos me oían con respeto y prometían formar parte del movimiento. Pero cuando había una segunda reunión del mismo grupo, había muchas ausencias. Siempre había algo más importante para ellos. Finalmente sólo quedaban mujeres, las que se interesaban más por actividades de diversión y todo lo echaban a broma. En vano trataba yo de poner seriedad a las reuniones, hasta que decidí no volver a convocarlas. Después me preguntaban por qué ya no había reuniones. Yo respondía que aún no estaban dadas las condiciones, imitado la frase de algún político de izquierdas cuando le habían preguntado por qué no participaba como candidato en unas elecciones.

Sólo hubo dos personas que estuvieron dispuestas a escucharme, fuera del hospital. Se trata de María y Román. Los tres teníamos la misma profesión, aunque María sólo trabajaba como enfermera privada y coincidíamos en la sala de pensionados. Román y yo cuidábamos enfermos en nuestras noches libres. Éramos dos de los muy pocos auxiliares de sexo masculino. Más del 90% eran mujeres.

¿Cómo funcionaba aquello? Había cuatro turnos: A, B, C y D. Cada turno trabajaba desde las 14 horas hasta las 20 horas. El  mismo turno volvía al día siguiente y trabajaba desde las 8 horas hasta las 14 horas. Luego, el mismo turno regresaba a trabajar en la noche, de 20 horas a 8 horas. Después de cumplir ese horario, el turno descansaba dos días y se volvía a repetir el mismo ciclo.

Si un paciente quería atención especial, por ejemplo durante diez días, quienes trabajábamos como enfermeros privados podíamos solicitar a otro auxiliar que nos hiciera el turno. Posteriormente le pagábamos el turno trabajando en otra oportunidad o les pagábamos lo que correspondía a su salario. La mayoría de los contratados sólo trabajábamos extra por las noches. Si ganábamos 800 escudos al mes, por una sola noche cobrábamos 50. Si hacíamos 20 noches extras obteníamos 1 500 escudos más. Era un trabajo sacrificado, pero ganábamos bien. Además, entablábamos muchas relaciones de amistad con algunos pacientes y sus familiares.

Román trabajaba extra como salvavidas en una piscina, en el cerro San Cristóbal. Me invitó muchas veces a la piscina y allí compartíamos con su novia. Yo vigilaba a los bañistas cuando él se iba a tomar algún refresco con la novia o salían a pasear. Sólo en una oportunidad tuve que intervenir, cuando una muchacha simuló estar ahogándose. Al oír sus gritos me lancé al agua, olvidando lanzar la rueda salvavidas, que era la primera medida que se debía tomar en esos casos. Por la rapidez y el susto tropecé con un borde de la piscina y me quedó un dolor en un tobillo, que duró varios días. Cuando  llegué donde estaba la muchacha, ésta se sumergió y luego salió varios metros más adelante, nadando como un pez y riéndose. No era la primera vez que lo hacía y la novia de Román ya estaba molesta con ella. Román le llamó la atención y le advirtió que la próxima vez sería expulsada del recinto. Fingió estar muy enfadado, pero me guiñó el ojo. Tenía miedo de que su novia no lo dejara trabajar más allí. 

Años más tarde, cuando Román ya estaba casado, nos volvimos a reunir algunas veces. Coincidimos en otras actividades, ninguno de nosotros trabajaba ya en el hospital. Nos habíamos dejado de ver durante unos dos años. Fue una de las primeras personas que recordé, cuando recuperé mi memoria.

María me invitaba a su casa muy a menudo. Su esposo era ginecólogo, pero viajaba mucho. Ambos eran muy simpáticos y me escuchaban con mucha atención. No obstante, siempre rebatían mis argumentos. Me decían que mis ideas eran utópicas, que la gente nunca iba a cambiar. “Las sociedades son como son y sólo hay que dejarlas como están. Si Dios las quisiera de otra forma, ya las habría cambiado”, afirmaba el médico. “¿De qué sirve intentar hacer cambiar a la gente? Nadie escucha y seguramente quienes te oyen y no rebaten lo que dices es posible que se rían a  tus espaldas. Por otra parte, si todos siguieran tus consejos y fueran sanos ¿para qué serviríamos los médicos? ¿Podrías tú ganar tanto dinero con tus enfermos? ¡No existirían los enfermos y nosotros tendríamos que trabajar como albañiles!” concluía con firmeza el esposo de María, como si la profesión de albañil fuera una ofensa.

El médico hablaba con mucha seguridad y estaba acostumbrado a ser obedecido por sus pacientes. Yo evitaba discutir más de lo conveniente, para no ofenderlo y quedar mal con María, la que repetía como un loro todo lo que afirmaba su santo esposo. Cuando quedábamos solos, sin embargo, yo le explicaba a María que la medicina debía ser más preventiva que curativa. Era más productivo y beneficioso para la sociedad si ésta ahorraba en medicinas y en prolongados tratamientos que finalmente llevaban a los pacientes a la muerte, antes de tiempo. Lo que yo ignoraba es que a María no le interesaban mis reflexiones filosóficas, a pesar de mostrar mucha atención. Menos le interesaba el tema de la medicina preventiva, que sólo podía disminuir las ganancias de los prestigiosos médicos como su esposo, que trabajaba en clínicas privadas. María se ufanaba de tener su trabajo como un hobby. No necesitaba ese trabajo para ganar dinero sino para pasar el tiempo. Su marido ganaba más que suficiente dinero para mantenerla a ella y quien sabe a cuántas amantes. Esto último es sólo especulación de mi parte. María jamás me mencionó algo sobre la reputación de su marido.

En cuanto a su amistad conmigo ¿Era sincera María? ¿O su supuesta amistad no era más que un pretexto para tenderme una trampa y hacerme a un lado, en la sociedad? Nunca lo sabré. En ese entonces no podía preguntarle ni sonsacarle algo semejante puesto que yo confiaba plenamente en ella.

En mis ratos libres podía bajar a la cocina, que estaba en la planta baja. Allí siempre me ponían la mejor comida y postres, sin pagar absolutamente nada. La mejor hora era cuando todas las cocineras y camareras ya no atendían al público. Siempre había un momento para compartir, contar chistes y hacer bromas. A veces me sentía como un príncipe, rodeados de muchachas y señoras ávidas de saber más sobre cómo se habían formado las distintas civilizaciones, desde la antigüedad. Había una cocinera que me trataba como a su hijo y siempre me hacía cariño (caricias inocentes). Era la que solía guardarme la comida que más me gustaba. Su novio, que también trabajaba en el hospital, estaba celoso al principio, pero se acostumbró cuando se dio cuenta de que yo sólo buscaba amistad y era respetuoso con todas las chicas.

Otro lugar donde era bienvenido era la centralita telefónica. En aquel tiempo todas las llamadas pasaban por esa centralita. Había dos chicas que conectaban los cables a las distintas líneas de las secciones. A las dos chicas las conocí cuando llamaban a mi sección y pedían comunica a algún familiar con un paciente o con algún médico. Por ese motivo teníamos contacto telefónico muy fluido y hacíamos bromas constantemente. Fue así como empecé a visitarlas casi a diario. Entre los tres nos reíamos de muchos médicos o enfermeras universitarias, de los que conocíamos muchas historias. Lo que nos ocasionaba tanta comicidad y hasta cierto morbo era la forma en que esos profesionales intentaban ocultar sus aventuras, sus ineptitudes o sus fracasos. No sólo nos reíamos. También intentábamos dar un sentido a todo aquello y comprender las debilidades humanas.

Había cosas que no se podían contar fuera del hospital, por considerarse muy delicadas. Había una especie de tácito acuerdo entre todos, de no dar a conocer esas historias afuera, pero entre nosotros no había muchos secretos.

Una noche habíamos cenado juntos, Rosales y yo. Después me había invitado a dormir en su casa. Conversamos mucho, sobre diversos temas. Rosales era un poco extraño. Actuaba en forma muy amistosa y me recomendaba cosas que no tenían sentido para mí. Me recomendó, por ejemplo, que me cepillara el cabello, algo que yo consideraba femenino. Hablamos de nuestras experiencias amorosas y yo le conté de quien estaba o había estado enamorado. El sólo escuchaba. Tal vez le parecía que yo era un soñador, porque  hablaba de un amor imposible. Le confesé que Raquel me perseguía e intentaba seducirme, aunque yo no sabía usar bien el término. Pero yo no podía traicionar el amor de otra mujer, de la que estaba enamorado pero que jamás me había atrevido a comunicárselo. Es posible que al entrar en ese terreno y mientras más profundizaba yo en mis sentimientos hacia esa mujer, mi cara se encendía de esperanza y de entusiasmo. Llegó en momento en que Rosales ya no me escuchaba. Se limitaba a asentir, en forma indiferente.

No quise seguir hablando de mi amor platónico y me dispuse a dormir. Rosales me había cedido su cama y él dormiría en un sofá. No sé cuantas horas dormí, pero desperté al oír los pasos de Rosales y un amigo, que venían de la calle. Rosales había salido a buscar una compañía más grata que la mía. Entonces me di cuenta de que Rosales era homosexual, pues traía a su amigo tomado de la mano. Me levanté inmediatamente y me vestí para irme, aunque era difícil encontrar un taxi a esa hora. Me había quedado en casa de mi amigo justamente por ahorrar el taxi y para conversar.  Rosales me pidió que no me fuera, pero yo me sentía incómodo. No sólo me sentía incómodo, la verdad es que sentía miedo de que entre los dos hombres intentaran hacer algo conmigo. Ya había vivido situaciones similares antes, cuando trabajé en una empresa de decoración, en donde todos eran homosexuales y se me insinuaban continuamente, hasta que tuve que abandonar ese trabajo.

Todo eso había estado ausente en mi memoria, por mucho tiempo. Ahora estaba Rosales allí, con una cara tierna y amistosa, que yo intentaba recordar, como los rostros de muchas otras personas que se me acercaban y me hablaban de muchas cosas que yo ignoraba. Algo me advertía de que había algún peligro en todo eso. Pero era imposible saber qué tipo de peligro, qué demonios me habían amenazado. Intenté decir algunas palabras. Rosales me dijo que me dejarían allí, en observación, que tal vez me harían un lavado de estómago. Me dijo que, fuera lo que fuese lo que me había llevado a tomar la decisión de acabar con mi vida, no lo volviera a hacer, que siempre había una salida para todos los problemas. Seguramente me dijo muchas otras cosas. Hubo conversaciones que sentía como de ultratumba: “Es compañero de trabajo. Trabaja en la Central, en Portugal. Allí trabajábamos juntos antes de que me trasladaran a la tercera. No conozco a sus familiares, su madre quizá venga más tarde, estaba muy triste”.

Mi mente era un torbellino de sombras. Vi un lago hermoso, rodeado de bosques. Vi el rostro de una mujer, sentada en una barca. Yo también estaba en la barca. La mujer reía, se burlaba y me tendía la mano, su cara era dulce y agradable. Era hermosa, muy hermosa “San Pedro, San Pedro” oí que decía una y otra vez. “Concepción, Concepción”. Nada de eso tenía sentido alguno. El rostro de la mujer se transformaba en olas. Y las olas me llevaban por sobre una masa azul, que no era agua. Quizás arena, quizás fango. Los labios seguían pesados. Los dientes se apretaban cada vez más y mi cabeza parecía estar toda envuelta en tinieblas. Sentía llamas que se acercaban y amenazaban con envolverme, luchando con las tinieblas. Yo era el centro de algo o era la periferia de algo, estaba afuera. Eso era la muerte. No, no era la misma muerte que había sentido antes, en muchas oportunidades, no era el coma. Era otra clase de muerte. No era la muerte que yo deseaba sino algo más terrible, algo a lo que quería escapar. “O recordar o morir” había sido mi deseo, los últimos días, antes de tomar las pastillas. Vivir sin recordar no era vivir. Por eso no quería seguir soportando ese peso.

Cuántas horas pasaron hasta que fui capaz de empezar a moverme, no lo sé. Estaba en una sala o pasillo ancho. No había más paciente en la sala. Pero ya me sentía con fuerzas para enderezarme. Me deslicé de la camilla y sentí que la cabeza me daba vueltas. Empecé a dar lentos pasos. Se oían voces de las salas cercanas. Crucé varios pasillos, sin mirar hacia los lados, concentrado en únicamente encontrar la salida. No sé si había enfermeros o auxiliares en los recintos por los que pasé. Sólo me vi de pronto en la calle. Caminé largas horas por calles desconocidas. Ignoro cómo regresé a mi casa, ubicada en la Población Pudahuel. No sé si antes estuve en otro sitio y tal vez alguien me llevó. Difícilmente podía llegar solo, puesto que no recordaba cómo. También es posible que me hayan hospitalizado ese día y yo sólo me imaginé que me iba. Así como no recordaba cómo llegue e mi casa la primera vez, tampoco pude recordar cómo llegué esa segunda vez. Muchas lagunas de vacío quedaron para siempre en mi cerebro. Nunca me restablecí completamente. Ni siquiera sé cuando empecé a recordar mi vida pasada. Algunas cosas las recordé después de varios meses, otras las recordé al año o más. Sin embargo, algunos capítulos de esa lejana vida han aflorado en mi mente después de muchos decenios. Mi capacidad de memoria nunca volvió a ser la que tuve antes de la amnesia, lo que hizo muy difícil el aprendizaje posterior de muchas materias, incluyendo idiomas y leyes completas que tuve que memorizar.

Superar ese estado de ignorancia total y de pesadillas constantes, día a día, noche tras noche, no fue fácil. Muchas veces adopté una actitud huraña, por no poder recordar el pasado. Por eso entiendo a las personas que tienen Altzheimer. No recordar algún dato importante o tener dificultades para responder a respuestas de un examen puede ser irritante. Pero no recordar absolutamente nada es mil veces más irritante y desconsolador.

He narrado esta parte, porque creo que es una prueba de que la depresión es el resultado de otra enfermedad o estado mental. Mi inseguridad, provocada por la amnesia, era la causa de mi depresión. No había otra. No era por falta de amor o por desengaño ni nada por el estilo. Era por no poder recordar.

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