LA EXPLOTACIÓN CAPITALISTA AYER Y HOY

Día de trabajo muy intenso. Lectura del mismo libro desde hace días, el tiempo no alcanza para nada. Vueltas y vueltas por todo Sollentuna, hacia el norte y hacia el sur y hacia todos los rincones imaginables. Unas cincuenta entradas a las autopistas y cientos de vueltas en decenas de rotondas. Vamos con una alumna y luego con otra y otro. La mayoría de mis alumnos son mujeres, pero también hay hombres. Son personas de todas las nacionalidades y profesiones. La última alumna del día es farmacéutica, su esposo también. Dos estudiantes de leyes y dos desempleados. Un médico y dos psicólogas. Cada alumno tiene sus características especiales. Cada lección es una aventura. Presiones, tensión, decepciones, sudor. Gestos de rabia contenida, desesperanza. De pronto un amago de accidente. Un conductor que no respeta la señal de ceda el paso se atraviesa y quedamos sólo a unos decímetros de distancia, casi por chocar. Sin mi frenada en el momento preciso habría sido un accidente desagradable. La alumna queda petrificada, con el alma en vilo. “Vamos, manos, no pasa nada tranquila, sigamos”. Salimos del sitio que estuvo a punto de ser un escenario de metales, plástico, vidrio y muerte. Más allá, en un aparcamiento, nos detenemos y analizamos la situación recién pasada. ¿Como evitar una situación similar en el futuro? Mayor concentración y mirar a tiempo, no confiar en absolutamente ninguno de los otros conductores. Las calles y caminos están frecuentadas por locos al volante. Algunos no saben conducir. Otros son intrépidos e irrespetuosos. Saben cómo se debe conducir pero se crean sus propias leyes, nacidas de la antigua ley de la selva. “Primero yo, segundo yo y tercero yo; los demás que se vayan al diablo”. Así parecen decir todos esos conductores que arriesgan sus vidas y las de otras personas diariamente en todo el mundo. Y Estocolmo, a pesar de ser una de las ciudades más seguras del planeta en cuanto a tráfico se refiere, no es la excepción. Siguen nuevas  lecciones, con pausas de 10 minutos. Fin de la lección. Y continúo con nuevos alumnos.

Final de otra lección. Evaluación. Rostro de satisfacción. Se han aprendido muchas cosas. La próxima vez se aprenderá mucho más, gracias al esfuerzo de hoy. Lo que parecía casi imposible al comienzo de la lección ahora se ve como algo fácil. El estudiante somalí que creía que lo sabía todo y se dio cuenta que nada sabe pero que hoy sí entiende algo, ha cambiado su dura mirada por una sonrisa de satisfacción y agradecimiento. Habla y repite una y otra vez que desea seguir practicando conmigo, con nadie más, que por fin ha aprendido algo después de haber ido a muchas auto-escuelas. “Sí, por supuesto, pero debes reservar tus lecciones en la recepción, yo sólo me encargo de enseñar en el vehículo. Pero la próxima vez me haces caso en todo y no protestas por nada, aquí soy yo el que sabe y el que te puede ayudar”. El somalí parece que hubiera olvidado los instantes de tensión, cuando decía que no quería seguir dando vueltas en el mismo sitio, que él había conducido por toda la ciudad, que no era principiante. Se empecinaba en exigir que fuéramos a lugares con más trafico. Sin embargo, poco a poco se fue dando cuenta de que ni siquiera sabía pasar los cambios y que no era capaz de partir en una subida. De haberlo dejado, habría destruido el plato y el disco del  embrague. El pánico en la subida lo hacía acelerar a fondo y el pobre disco empezaba a oler a quemado. Por supuesto que no lo dejé probar a intentarlo más de dos veces. Cuando cambiamos de asiento y le mostré cómo debía proceder para no dañar el embrague y después de haber probado algunas veces sin estrés, pudo salir con una suavidad que jamás se había imaginado lograr. Esa fue una de las tantas cosas que aprendió en menos de 80 minutos. Nunca lo había conseguido en más de 50 lecciones en otros sitios.

El trabajo actual me satisface enormemente, pero me gustaría más enseñar en un aula, sin importar el tema. Preferiría temas jurídicos, que son mi especialidad. Sin embargo ganaría mucho menos y debería presentar mis planes a distintas empresas. Preparar el material de estudios me tomaría tiempo y mientras tanto no tendría para comer. Por eso debo continuar enseñando a conducir, por ahora. Si bien este trabajo me llena de satisfacciones, no está exento de peligros. Todos los días se presentan situaciones especiales y peligrosas. Los alumnos pueden cometer errores y muchos otros conductores los cometen aún peores. Especialmente arriesgados son los ejercicios en caminos rurales muy estrechos, con mala visibilidad. Algunas entradas a autopistas son bastante difíciles para los principiantes. Estos se pueden poner nerviosos y bloquearse. Por eso hay que saber elegir las vías adecuadas para cada alumno, para que aprendan con tranquilidad y para que no se presenten situaciones muy peligrosas. Aún así, siempre las hay. Incluso el alumno más hábil puede echarlo todo a perder en un segundo.

Como en todas partes, la mentalidad capitalista está presente en los dueños de auto-escuelas. Hace ya casi dos meses que empecé a trabajar y aún no me han pagado el primer sueldo. Aún no nos ponemos de acuerdo en las condiciones de trabajo, porque además de pagar muy poco quieren que me comprometa a una serie de puntos que sólo los beneficia a ellos. Uno de esos puntos dice que no debo tener empresa propia mientras trabajo con ellos. Otro dice que no debo competir con ellos si termino de trabajar para su empresa y hasta dos años en adelante. De lo contrario debo pagarles una suma millonaria por “daños y perjuicios”. Me he opuesto a varios puntos y no estoy dispuesto a firmar mientras no respeten mis propias condiciones. Hay otras auto-escuelas que me darán trabajo inmediatamente si no llego a un buen acuerdo con los actuales dueños. Por otra parte, ya me he acostumbrado a trabajar con mis actuales colegas y con los alumnos. Por lo tanto, será muy difícil abandonar ese lugar.

La auto-escuela obtiene grandes ganancias y yo soy el más experimentado de todos los profesores que trabajan en ella. Sin embargo soy el peor pagado, a pesar de que trabajo en horas que ningún otro profesor trabaja. Nadie trabaja un domingo a las 7 de la mañana, por ejemplo. Yo sí lo hago. La plusvalía es injustificadamente alta. Pero así es el capitalismo y esta gente sigue sus principios al pie de la letra, aunque antes fueron empleados. Cuando yo tenía mi empresa sin embargo, mis empleados ganaban tanto como yo. A veces, más.

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