HACE CUARENTA AÑOS, EN CHILE. Testimonio personal.

La mañana de aquel 11 de septiembre me dirigía yo hacia la Universidad Técnica del Estado. Iba con dos maletas llenas de libros que pensaba exponer en uno de los escaños del patio interior de la Universidad. Los libros, de muy buena calidad, eran distribuidos por la Editorial Quimantú, que anteriormente se llamaba Zig-Zag y que en ese momento estaba administrada por sus trabajadores. Algunos días yo exponía los libros en ese sitio. Otros días lo hacía en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Algunas veces también los expuse en la Facultad de Agronomía de la misma Universidad, donde yo era estudiante.

Iba en un autobús, como solía hacer. Pero me bajé apenas oí por la radio que se estaba atacando a las emisorias de radio afines al gobierno. Fui a dejar las maletas a mi casa, que alquilaba en la población o villa Chena, casualmente perteneciente a oficiales de la Aviación, en San Bernardo, en las afueras de Santiago. Todo sucedió muy rápido. Me di cuenta de que se estaba llevando a cabo un golpe militar. No sé cómo llegué a la Universidad, en donde los grupos de estudiantes iban caminando nerviosamente de un lado a otro. Parecía que todos pensaban en lo mismo y estaban dispuestos a defender al gobierno. Pero nadie sabía cómo.

Unos eran partidarios de reunirse en un anfiteatro. En ese grupo estaban los militantes del Partido Comunista. Otros eran partidarios de dirigirse hacia el Palacio Presidencial, opción que elegí. Quedarse allí daba menos posibilidades de hacer algo útil, era como encerrarse en una ratonera. Fue allí justamente donde ese mismo día mataron a varios estudiantes y donde detuvieron a muchos otros, entre los cuales estaba el cantante Victor Jara.

Lo que hice aquel día también resultó inútil. Pasé a formar parte de un grupo improvisado de “combatientes” y se me encomendó la tarea de atravesar los cordones policiales que rodeaban ya el sector, en companía de una chica del FER (Frente de Estudiantes revolucionarios). Simulando ser novios pasamos tomados de la mano. Ella era todo nervios pero logramos despistar a los militares. Cuando nos acercábamos a uno de los locales del FER y oímos los primeros bombardeos de La Moneda, la muchacha hizo lo que yo nunca me hubiera imaginado que haría un miembro de los partidos de izquierda más extremistas. De su alma salió el grito: “Pobre Chicho” en alusión a Allende. Sólo el día anterior esa muchacha y sus camaradas gritaban consignas en contra del gobierno, por considerarlo muy débil frente a las agresiones de los fascistas. Yo estaba de acuerdo con esos grupos en muchas cosas, pero entendía que el gobierno estaba atado de manos. Además, había visto muy bien como la policía y el ejército defendían a los grupos fascistas y reprimían a los grupos de izquierda. Todo el aparato del Estado estaba en manos de la oposición. El gobierno tenía en contra todo el aparato burocrático y represivo de la burguesía. Con una pequeña parte del poder era imposible resistir ni profundizar la Revolución.

La frase de la muchacha me emocionó mucho. Estábamos en el mismo bando, aunque teníamos diferencias ideológicas y tácticas. Yo no me podía poner en contacto con mis camaradas de partido, que estaban en otro punto de la ciudad. Pero daba lo mismo, aquí estaba entre hermanos, juntos íbamos a defender al Presidente de la República, quien representaba la esperanza para nuestro sufrido pueblo. Pero esa esperanza duró muy poco. Se desvaneció en pocos minutos cuando me di cuenta de que habíamos llegado a un local lleno de palos y banderas, donde no había siquiera una pistola calibre 22. Además todos los muchachos estaban desconcertados, nadie sabía qué hacer. No había líderes que dieran instrucciones ni había equipos de ninguna naturaleza. No era posible dirigirse hacia el Palacio Presidencial y enfrentarse con los puños a los tanques y aviones. Aún teniendo armas, jamás íbamos a poder resistir frente a los militares. Pero con armas, por lo menos habríamos hecho algo. Con los puños, nada.

Decepcionado me dirigí a mi casa, a la que llegué caminando desde el centro de la ciudad. Mucha gente caminaba y pasaban algunos camiones con grupos de trabajadores con miradas lánguidas o de desesperación. Esos mismos trabajadores que días antes cantaban contentos y estaban dispuestos a luchar por defender al gobierno. Todos se iban derrotados a sus casas. Había sido declarado Toque de Queda para las tres de la tarde. Había que apurar el paso. Ir por las calles después de esa hora era exponerse a ser asesinado o detenido. Piquetes de soldados apostados en distintos lugares se mofaban de los trabajadores, se reían y les gritaban, haciendo gestos de toda índole.

Luego pasaron muchas cosas. Había disparos, que se oyeron hasta muchos días después, especialmente aquellos que venían del Cerro Chena, cerca de la población del mismo nombre, donde yo vivía. Se suponía que allí ajusticiaban a muchos militantes de izquierda. Por la radio se captaban mensajes de soldados que pasaban en helicópteros y localizaban a supuestos “terroristas” para aniquilarlos. Recuerdo muy bien muchas de las frases de los militares.

Luego vinieron días muy tristes, era insoportable seguir viviendo en un país que había sido raptado por los militares. A los dos meses empezó el exilio voluntario que iba a durar más de cuarenta años o para toda la vida.

Estos días he recordado lo sucedido aquel 11 de septiembre de 1973. He recordado a mis camaradas y amigos muertos. He recordado todo lo vivido en esos dos meses antes de irme a Perú, primera “estación” en un viaje que ni siquiera imaginaba que terminaría en Suecia, casi dos años después. Mis ojos se han vuelto a llenar de lágrimas al recordar las últimas palabras de nuestro querido presidente, las canciones de Víctor Jara, asesinado a los pocos días de ser detenido y torturado, el paso firme del Ministro de Defensa José Tohá cuando se dirigía a su despacho y que yo podía ver desde mi oficina, en el mismo ministerio, asesinado también por los militares fascistas. Cuando trabajaba en el ministerio, como soldado de la Fuerza Aérea, tampoco podía imaginar que aquel distinguido abogado, periodista y político socialista iba a ser humillado, torturado y asesinado al poco tiempo de haberme dado de baja de esa institución.

Son muchos recuerdos, que se mezclan con los de otros acontecimientos, al haber recorrido tantos países y haber formado parte de tantas familias. Es mucha la indignación acumulada durante decenios y mucha la tristeza por haber perdido para siempre aquel sueño compartido con millones de chilenos, el sueño de tener un país libre del yugo imperial y de los grandes empresarios y especuladores financieros.

ENLACES:

CRÓNICA DE UN GOLPE

ENLACE A ARTÍCULO DEL 13 DE SEPTIEMBRE, SOBRE CHILE

NUEVOS ENLACES 16 DE SEPTIEMBRE:

LA FAMILIA DE VÍCTOR JARA RECLAMA JUSTICIA

CÓMO LEER MIS BLOGS

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