DOLOR Y DECEPCIÓN, CONTINUACIÓN.

Es muy difícil describir el dolor que se sufre a causa de distintas enfermedades. Sé que hay gente que sufre mucho más que cuando se tiene un dolor de cuello como es en mi caso. Y  veces se siente la sensación de que el dolor nunca acabará, sobre todo si no se puede dormir a causa de ello. Entiendo que la gente use calmantes que pueden ser muy peligrosos pero calman. A mí no me gustan los calmantes, pero he tomado algunas aspirinas, aunque no más de dos por día, los primeros dos días. He tomado las medidas que están a mi disposición pero no en forma suficiente porque hay cosas que son impracticables cuando se vive solo.

Sé que hay enfermedades que ocasionan dolores mucho más fuertes que una simple tortícolis. No sólo enfermedades sino también los partos, algo de lo que he sido testigo muchas veces. Pero cuando el dolor está ahí y persiste se cree en esos momentos que es lo más grave. Al dolor en sí debemos sumar las incomodidades que se producen a causa del mismo y eso me gustaría describir después de lograr salir de ese infierno que duró seis largos días.

Todo empezó con un dolor en el trapecio izquierdo (supongo que es ese músculo). Al comienzo era un dolor más o menos tolerable. Luego el dolor aumentó y me era muy difícil girar la cabeza. Durante el primer día el dolor se trasladó a la parte derecha y luego me invadió toda la parte del cuello y la nuca y más arriba de ésta. Sentí que también fueron afectados otros músculos, debajo de la mandíbula o en la mandíbula misma, porque tenía dificultades para abrir la boca, como he contado en una entrada anterior. A causa de eso me era difícil comer, introducir la comida en la boca y tragar. Durante cuatro días el dolor parecía cambiar de un lado a otro y lo peor eran unas punzadas en la parte izquierda. Esas punzadas se producían indiferentemente si yo me movía un poco o estaba completamente quieto. Eran agudas y prolongadas. Había momentos en los que deseaba morir para no sentir más esas clavadas, que parecían paralizarme, inutilizarme.

No pude dormir en la cama. Cualquier posición era dolorosa y no podía moverme en ningún sentido. Tuve que dormir sentado la primera noche, si se puede decir dormir porque en realidad estuve despierto toda la primera noche y la siguiente. El cansancio me doblegaba y me dormía, pero despertaba casi inmediatamente, asaltado por las punzadas. Le tercera noche pude dormir, semiacostado y así he logrado dormir las siguientes noches. Ahora ya ha pasado una semana y sigo durmiendo en la misma forma, inclinado y con varias almohadas de apoyo, aunque los dolores ya van desapareciendo.

Esto me ha hecho recordar una época en la que, por sufrir de mis dolores de espalda tuve que dormir en un sofá. Tanto entonces como ahora era para apoyarme en el respaldo del sofá. En aquel entonces dormí varios meses en un sofá, aunque no tanto por el dolor sino porque ya no quería dormir con la pareja que tenía. Me sentía prisionero en su casa y al mismo tiempo menospreciado. No podía hacer ruidos en la cocina, ni por la noche ni por la manana. Se me criticaba porque trabajaba mucho, aunque yo debía financiar todos los gastos de la casa. En esa oportunidad salí de una cárcel para caer en otra.

Volviendo al dolor, éste ha ido disminuyendo paulatinamente. Seis días fue lo más difícil. Pude trabajar en los vehículos pero me sentía limitado. Controlar lo que hace un alumno y al mismo tiempo lo que sucede en derredor exigen mover la cabeza continuamente. Para evitar agravar mi estado tenía que mover todo el torso. Las frenadas fuertes o el soltar el pedal del embrague en forma brusca repercutían directamenbte en el cuello y a veces me hacían gemir, aunque lo dismmulaba para no distraer a los alumnos. Las tareas de casa eran complicadas, simples cosas como ducharse, vestirse y hasta cepillarme los dientes eran verdaderas hazanas. No podía hacer gárgaras porque no podía levantar suficientemente la cabeza; tocer o estornudar eran verdaderos latigazos. El primer día me esforcé más de lo que debía y tal vez eso agravó mis molestias.

Hoy ya tengo bastante movilidad y he logrado entrenar en el gimnasio en dos oportunidades, aunque en forma suave. El dolor persiste pero ya es algo insignificante. La vida continúa.

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