LA VIDA CONTINÚA ¿A QUÉ PRECIO?

Antes y después de la pandemia, antes de los contagios y de la muerte, la vida continúa para la mayoría de los seres humanos. En esa vida siguen ocurriendo algunas cosas agradables y otras menos agradables. Si bien es cierto, muchas cosas han cambiado y seguirán haciéndolo, la mezquindad y la avaricia seguirán dificultando la vida de la mayoría de la población del mundo. ¿Por cuanto tiempo más? Quizás hasta muchos decenios o siglos, o quizá hasta que se extingan los últimos representantes de la Humanidad. Gracias a la pandemia hemos aprendido cosas nuevas, como la necesidad de cuidarnos mejor y mayor solidaridad entre nosotros, pero también se ha confirmado la falta de preparación –a todos los niveles– tanto entre la población como en quienes nos gobiernan, incluyendo a científicos y expertos en epidemiología y medicina, en general. Y, lo peor de todo, es que se repite una vez más lo de siempre: quienes pierden son los más pobres. Los ricos tienen mayores posibilidades de sobrevivir y, al mismo tiempo, hacerce más ricos, ahora más que nunca.

Las decisiones que la gente debe acatar som tomadas en las altas esferas del poder político y económico, sin tomar en cuenta la opinión de muchas personas que podrían entregar aportes innovadores, con soluciones eficaces. Los gobiernos son incapaces de adoptar las mejores medidas y raramente reconocen los errores que han cometido. Es lo mismo que ocurre con la legislación y la aplicación de leyes o la adopción de medidas económicas: no se consulta a las bases de la sociedad para solucionar los problemas, siempre son las élites las que plantean soluciones y adoptan medidas, en nombre de la gente, en nombre del pueblo. Al mismo tiempo surgen movimientos de gente irresponsable que se opone a cualquier medida, como los negacionistas radicales, que mezclan decisiones sanitarias con decisiones políticas y se oponen a todas las medidas que se adopten en bien de la comunidad.

Se da la paradoja de que algunos gobiernos reaccionarios pueden tener más razón que otros gobiernos, en algunos aspectos, como es el caso del presidente Brasileno Jail Bolsonaro. Su gobierno representa a las clases más pudientes y todas las medidas económicas que adopta son contrarias a los derechos de la clase trabajadora. Pero en cuanto a la pandemia, tiene mucha razón en el no uso de la mascarilla, por ejemplo, una medida que no es necesaria, por mucho que se la quiera justificar con estudios sin base científica. Lo que sí es necesario es evitar el contacto directo e indirecto entre la gente, tocar objetos o superficies que sí pueden estar contaminadas, como siempre ha sucedido. Uno de los vehículos por los que se puede transmitir un virus es el dinero, por ejemplo. En muchos países aún se usan las monedas y billetes. Seguramente, más de alguno que lea esta entrada se sorprenderá porque me refiero al dinero, puesto que todavía están acostumbrados a usarlo constantemente, a diario. ¿A que sí? Y estoy seguro de que todos los que lean esta entrada han usado dinero durante todo este tiempo. Claro que sí, porque es una forma fácil de comprar cosas. Incluso yo mismo lo he usado, aunque en muy raras ocasiones. Actualmente ya no tengo dinero, sólo uso tarjetas de crédito, internet o el teléfono. Y las veces que usé dinero, jamás lo toqué con las manos, sin guantes (me refiero desde marzo de 2020).

Se ha hablado mucho de la distancia social, también necesaria. Pero la mayoría se burla de ella, sobre todo la gente que usa mascarilla. Muchos creen que usando ese artilugio están seguros. Esas mascarillas, por lo general, no sirven de nada, porque se las sacan y ponen como si fueran lentes para leer o sombreros. Pocas personas están conscientes de que la mayoría de veces esas protecciones están contaminadas desde que se las pusieron una vez y luego se la sacaron, por cuaquier motivo. Muchas veces veo cómo la gente las cuelga en los espejos de los automóviles y las usan varias veces. Se ponen la misma mascarilla una y otra vez y luego se abrazan o se saludan con los puños o los codos. ¿Cómo puede ser posible de que no se den cuenta de que se están arriesgando al contagio, permanentemente? Se arriesgan más que quienes no las usan. Quienes no usan mascarillas, tienen mayor conciencia de la necesidad de otras medidas.

Ahora tenemos una solución temporal, con las vacunas. Es una buena solución, sobre todo para quienes ya sufrieron alguna vez la enfermedad. A los anticuerpos que ocasionó el virus se suman los de la vacuna. Pero ya sabemos los resultados y espero que no me exijan pruebas, que las hay. Mucha gente se ha contagiado pese a haber sido vacunada. La diferencia es que los casos disminuyen. Por otra parte, la inmunización que se obtiene gracias a las vacunas puede durar un año o un poco más. Eso quiere decir que, tal vez, deberemos seguirnos vacunando, por lo menos una vez al año. Menudo negocio para las farmacéuticas, a menos que se liberen las patentes, que sería la mejor prueba de solidaridad.

No quiero inquietar a nadie con mis afirmaciones, pero debemos ser realistas. No podermos estar seguros, nunca más. En realidad, nunca lo hemos estado. Siempre deberemos cuidarnos al máximo. No sólo cuidarnos del Covid-19, sino de cualquier otro gérmen patógeno. No olvidemos que todos los años mueren millones de personas a causa de muchas otras enfermedades. Si nos hubiéramos cuidado antes, como se supone que tenemos que cuidarnos actualmente, podríamos haber evitado muchas muertes y muchos gastos en médicos y medicinas durante muchos decenios.

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