LA OSCURIDAD

El texto de esta entrada se puede leer en el siguiente blog: https://novelasycuentosvivos.blogspot.com/2021/08/oscuridad.html

Aún se podrá leer aquí durante algunos días.

Comienzo de una novela.

CAPÍTULO PRIMERO

El hombre estaba sentado, o semiacostado. No estaba consciente de ello, no estaba consciente de nada. Miraba en su derredor, pero nada podía ver. Intentaba decir algo, pero no podía mover los labios. Intentaba moverse, pero no tenía fuerza siquiera para mover una pierna, o un brazo. Ni siquiera para mover un dedo, ni para mover el cuello. No sabía dónde estaba ni cuánto tiempo llevaba en el mismo sitio. Había un silencio absoluto. Trataba de recordar, pero no acudían recuerdos recientes. Sólo recordaba su vida de mucho antes, en un pasado muy lejano. Entonces creía ver una luz, tal vez, muchas luces. Poco a poco se iba abriendo una especie de grieta en su mente. Por esa abertura se iban deslizando algunos recuerdos intermitentes, como relámpagos, a veces; otras, con lapsos de tiempo un poco más prolongados. Recordaba una noche, mirando el cielo estrellado, no recordaba dónde. ¿Cuánto hacía de entonces? Su mente se borraba de nuevo, su memoria lo abandonaba. Oía ladridos de perros, muchos perros, a lo lejos y muy cerca. Parecía un concierto de canes. Había ladridos de todos los tonos posibles y daba la impresión de que tenían un director que les indicaba las notas graves o agudas. No había melodía, pero sí una especie de orden, con una especie de compás. Algunos ladridos eran más altos, otros, más bajos. Nada parecía interrumpirlos. Sólo se oían esos ladridos, nada más. Pero no era ahora, no era en ese momento. Era cuando miraba las estrellas, porque volvía a ver el firmamento infinito, iluminado. Más allá, mucho más arriba había oscuridad, todo era negro. Era un paisaje maravilloso, estrellas por todo el cielo.

En un punto se distinguía la luna, como reina de los astros, que titilaban. La luna se mostraba majestuosa, redonda, con una luz muy fija, potente. Las estrellas, sin embargo, no cesaban de encenderse y apagarse, continuamente, aunque nunca del todo. Podía distinguir las distintas constelaciones, como lo había hecho cuando las miraba, junto a sus amigas Rosa y Cleopatra, paseando por la Alameda. O con su amigo Antonio, cuando estudiaban en el Cerro Santa Lucía. ¿Qué había sido de ellos? ¿Qué había sido de todos sus amigos de la infancia? Qué había sido de todos sus amigos de la adolescencia? ¿Qué sería de Carlos y de Álvaro? ¿Qué había sido de todos sus amigos de la Universidad, a quienes nunca más volvió a ver después del Golpe Militar de 1973? ¿Cuántos de ellos estaban vivos? Muchas veces habría querido viajar a su país natal y averiguar qué les había pasado. Pero se había prometido a sí mismo nunca volver a un país que ya nunca sería lo que él quiso cuando era joven. No sentía dolor alguno, sino una especie de hormigueo en sus miembros. Sentía frío, un frío húmedo. Había olor a hongos, a tierra húmeda, como la tierra de una casa en Valparaíso, la casa de su tía María. No pudo evitar sentir asociar esos olores con la casa del Cerro Aduana. A ese olor nauseabundo se sumaba el olor a gasolina o queroseno y a dos jaivas que sabían a esos combustibles. Su tía había comprado esos crustáceos para él con mucho cariño, sin duda. Pero era imposible comer esos animales. Seguramete habían sido capturados en los muelles del puerto, muy cerca de los barcos que allí atracaban. Ya en aquella época había contaminación en los océanos, especialmente en las orillas del mar. La señora María se había enfadado mucho con el enclenque muchacho que había despreciado su regalo. No creía que los cangrejos supieran a combustible, pero tampoco los probaba para comprobar si el niño mentía. Siempre actuaba de la misma forma, siempre tenía razón y el muchacho -según ella- era ensimismado, terco y mentiroso. “Güeno puh, si no te comih las jaibah, tampoco vai a comer naa mah puh, hoy no hay comía pa’ tí”. El muchacho debería resignarse, sin rechistar. Si lo hacía, se arriesgaba a recibir una bofetada o una ruidosa e interminable reprimenda. Y con lo que le gustaban a él esos crustáceos! Eso sí, sin sabor a queroseno.

¿Por qué enclenque? Es así como lo veía su propia madre, los profesores y amigos o parientes. Era un niño débil, enfermizo, poco ágil. Caminaba con mucha parsimonia y con la mirada fija, hacia adelante. Daba la impresión de que estaba siempre ausente, apenas hablaba. Cuando lo hacía, a veces se ruborizaba. Le daba vergüenza hablar, porque siempre creía que metería la pata, que diría algo equivocado. Lo que más le preocupaba era que podía decir una mala palabra. En esa época de su vida era muy religioso. Quería ser como esos santos, de los que tánto había leído en revistas de la iglesia. Decir una grosería era, para él, un pecado muy grave. Creía que Dios lo juzgaría por cualquier “mala acción” que cometiera. Cuando era más pequeño, muchas veces no jugaba, porque no quería romper sus únicos zapatos ni su ropa. No los quería ensuciar, tampoco. Quería llegar a su casa con toda su ropa impecable. Tenía miedo de que Dios le quitara puntos o méritos; quería asegurarse un lugar en el cielo cuando muriera, junto a los santos y al Todopoderoso. Tenía miedo de que su madre lo castigara. Aún así, no había día que no recibiera latigazos o coscorrones, por mucho que se esforzace por no cometer errores que desataran la ira de su progenitora.

Cuando los recuerdos desaparecían, o cuando volvía a despertar, intentaba descubrir algo en aquel sitio solitario. ¿Era una cueva? ¿Era el sótano de un edificio? ¿Era una choza, en un bosque? Esto último no era posible, se oiría gruñir animales o trinar de pájaros o el canto de grillos. Era imposible describir el lugar, ni siquiera intuir algo. Se sentía muy fatigado y tenía sed. El estómago le dolía, o eso le parecía. Curioso, antes le dolía más que ahora, desde la última vez que había despertado. Sus intestinos parecían revolucionados, sonaban continuamente. Parecía que se había abierto un hueco en sus entrañas y que sus tripas querían separarse del cuerpo.  ¿Desde cuándo no comía?  ¿Cuándo fue la última vez que había bebido algún líquido? Cuándo, dónde y por qué eran preguntas que se repetía una y otra vez. El espacio y el tiempo parecían haberse detenido en aquel lugar.  ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Acaso tenía algún sentido preguntarse todas esas cosas? Lo importante era encontrar una solución. ¿Pero, cómo? De pronto tomó conciencia de que no importaba si abría o cerraba los ojos. Daba lo mismo, porque era imposible ver nada. Había una oscuridad que nunca antes en su vida había conocido. Por lo menos, eso suponía, puesto que no podía recordar más que cortas escenas de su lejana vida. Y el silencio hacía esa oscuridad aún más intensa. ¿Sabía alguien que estaba allí? ¿Lo vendrían a buscar? ¿Había ocurrido un accidente? ¿O alguien lo había llevado hasta allí a propósito? ¿Qué sentido tendría un secuestro, en tal caso? Sabía que tenía enemigos. Sin embargo, por muy salvajes que fueran tales enemigos, lo más práctico para ellos habría sido matarlo o darle un duro castigo, una paliza. Pero dejarlo allí, sin comida, sin agua y sin explicación ninguna, sin indicios de algo que pudiera entender lo que le pasaba, era algo absurdo. A menos que, de alguna manera, cuando era maltratado, hubiera perdido la memoria. Tal vez la idea era dejarlo abandonado, para que muriera de hambre. Su captor, o sus captores, tal vez no se dieron cuenta de que había perdido la memoria y por eso no se preocuparon de hacerle recordar, a posteriori, de que eso era un castigo. ¿Habría sido testigo de algún delito grave y por eso se habían deshecho de él en esa forma? No le habían pegado, suponía. No sentía dolores, por lo tanto, no estaba herido. Tal vez tenía alguna herida, pero no se podía palpar para constatarlo; estaba como petrificado, paralizado. ¿Había sido dañada la columna vertebral, por una caída o por un golpe, o simplemente, estaba aturdido? Un aturdimiento no dura mucho, ¿Qué le impedía reaccionar? ¿Por qué no se podía mover?

Cuando se está mucho tiempo sin comer, especialmente si no se puede beber agua, el organismo no recibe los nutrientes necesarios para su metabolismo. A causa de ello empiezan a ocurrir une serie de fenómenos, hasta llegar a un estado en que la mente se nubla y se pierde la noción del tiempo y el espacio, sobre todo si hay oscuridad y silencio. El cerebro intenta comunicarse con el resto del cuerpo, pero la comunicación se ve interrumpida, en parte, porque muchas células madres ya no se pueden recuperar y en parte, porque las que se mantienen en funcionamiento no son capaces de llevar los impulsos eléctricos a fibras nerviosas, articulaciones y músculos. Si bien el organismo puede pasar muchos días sin ingerir alimentos, si hay falta de hidratación, la inanición se ve agravada enormemente. En el caso de este hombre, abandonado o perdido en un lugar tan lúgubre, él mismo no sabía cuánto tiempo había estado en ese cautiverio voluntario o forzado. Ni siquiera tenía noción de la hora, si era de día o de noche. Por lo tanto, no podía saber en qué etapa de inanición se encontrada ni qué posibilidades tenía de sobrevivir.

El cautivo intentaba entender qué había pasado, buscaba en su interior, en los rasgos de su personalidad. Quizás en su forma de ser estaba la respuesta, algo que había afectado a terceras personas. Necesitaba alguna pista. Sabía que era reservado, una especie de lobo solitario, aunque sentía mucho respeto por sus congéneres. Por lo general, se lo consideraba carismático, pero mucha gente lo catalogaba como huraño y de mal genio. La verdad es que esto último era verdad y lo había heredado de su madre y del entorno en el que se había desarrollado en su niñez. No obstante, sus rabias duraban muy poco y nunca sentía rencor por nadie. Eran, más que nada, impulsos de los que muchas veces se arrepentía, pero no siempre alcanzaba a disculparse y quienes habían sido afectados no podían ver cómo era, en realidad. En cuanto a personas violentas o desagradables, si tenía diferencias con ellas, intentaba mantener distancia, se alejaba. Quería evitar conflictos y confrontamientos, pero nunca deseaba mal a las personas que lo denigraban, amenazaban o insultaban. Buscaba en sus recuerdos más pistas, trataba de recordar personas con las que no se llevaba bien, incluyendo a aquellas que le debían dinero, con quienes se había enemistado cuando intentaba recuperar lo que le correspondía. Había conocido a mucha gente que reaccionaba violentamente porque se sentían ofendidas, en lugar de reconocer que eran culpables de ofensas o delitos. Por ese motivo, en muchas ocasiones, una discusión casi insignificante podía transformarse en reyerta o agresión. Pero con sus cavilaciones sólo obtenía mingües resultados. No podía recordar nada semejante, que hubiera ocurrido durante el último tiempo. ¿En qué país estaba? ¿Había viajado durante los últimos meses? Había un solo país en la tierra donde más de alguna vez sintió que su vida estaba en peligro. Sucedió en Venezuela, específicamente en la ciudad de Maracaibo. Allí había visto mucho odio, en los rostros de algunos vecinos, que lo miraban con recelo porque sospechaban que era chavista. Uno de ellos era un antiguo empleado de PDVSA, empresa estatal venezolana, que había participado en el Paro Petrolero y sabotajes que ocasionaron pérdidas económicas y muertes entre 2002 y 2003. A causa de eso fue despedido de esa empresa. Desde entonces era mantenido por su esposa y su suegra. Muchos ex funcionarios de oposición tenían mucho rencor contra el Gobierno de Hugo Chávez, porque éste les habían privado de sus privilegios o porque intentaba impedir que siguieran haciendo sabotajes, que afectaban a toda la población.

Pero hacía tiempo que había dejado a un lado los planes de volver a ese país, aunque tenía allí a una hija, a la que no había visto durante muchos años y a la que esperaba volver a ver algún día. Al poco tiempo de regresar de ese país, mucha gente murió, por intentar romper las barreras que ponían las bandas de delincuentes alentados por Voluntad Popular (dirigido por Leopoldo López) en las calles, para impedir que la gente saliera de sus casas. En más de una oportunidad, cuando hacían sonar las cacerolas, algunos vecinos lo hacían junto a la pared en donde estaba su dormitorio. Las hacían sonar con mucha fuerza, como si quisieran romper la pared con el sonido. Abrazando a su hija y la madre de su hija, se mantenía en silencio, tratando de entender por qué esa gente sentía tánto odio y por qué lo proyectaban contra otras personas, únicamente porque no pensaban de la misma forma que ellos. Lo peor para su familia vino después, cuando ya no estaba allí, cuando los delincuentes de VP quemaban basura, neumáticos y árboles que arrancaban de las aceras. El humo de las hogueras penetraba en las casas y la gente apenas podía respirar. Nadie podía salir siquiera a comprar medicinas ni comida. Además de la gente degollada o muerta a tiros, mucha gente murió en sus domicilios, por enfermedades que no podían curar, a causa del horrible asedio.

Sepultado allí en su celda, por llamar de alguna manera al lugar en donde se encontraba, a veces podía reflexionar con cierta lucidez y sentía que renacían sus fuerzas, más no quería esforzarse innecesariamente. Trataba de ahorrar la poca energía que le quedaba, intentaba azirse a alguna esperanza de vida, a alguna forma de encontrar una salida. Sumaba todas las posibilidades e intentaba estudiar las características del lugar. Había algunas pistas que podían ayudarlo, pero faltaban muchas otras. En primer lugar, hacía frío, lo que le indicaba que estaba en un sótano, muy por debajo de una edificación. Ya había descartado que fuera una cueva, donde debería circular aire. Por muy profunda que fuera ésta, algún aleteo de murciélago o el sonido de una gota que cae sobre una estalagmita podría llegar hasta sus oídos. No había corriente de aire que le permitiera orientarse hacia algún lado. El olor a moho parecía estar en todo el recinto, por lo que no podía ubicarse hacia qué lado había una pared, puerta o ventana. Sus reflexiones no eran suficientemente largas. Se desvanecían continuamente, como sucedía con sus recuerdos. El silencio y la oscuridad parecían aplastarlo, llegando a desear que la muerte lo liberara de ese suplicio.

Continúa en el segundo capítulo.

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