SOY O SOMOS

Aunque muchas veces lo hago, no me gusta hablar en primera persona y menos hablar sobre mí mismo.  Posiblemente hay algo de egoísmo y narcisismo cuando me refiero a mi persona. Será, tal vez, porque aún creo que tengo razón en lo que pienso. Son, en realidad, rasgos humanos. Por otra parte, ¿quién no piensa que tiene razón? Cada uno de nosotros cree saber la verdad y saber más de lo que realmente sabe. Lo cierto es que es imposible medir nuestra sabiduría o nuestras habilidades. Lo que es genial para algunos, es irrelevante para otros y viceversa. En cuanto a quienes escribimos en una página web o blog, es porque queremos comunicación con nuestro entorno, queremos compartir lo que consideramos importante. Algunos lo hacen para pavonearse de sus capacidades o logros. Otros lo hacen para ayudar a otros humanos, especialmente a quienes nos importan, de una u otra manera. Escribir es una manera de reemplazar  o ampliar lo que no hemos logrado en alguna reunión familiar o de amigos. 

Me gustaría dejar de hablar en primera persona y hacerlo en segunda. Quisiera eliminar el «yo» por el «nosotros». Asimismo, me gustaría reemplazar «soy» por «somos». Eso nos podría acercar más a lo que se puede considerar como una comunidad, que es más importante que el individuo. Porque, individualmente, cada uno de  nosotros no es mucho, a menos que llegásemos a la conclusión de que el yo en sí, realmente no existe. ¿Por qué digo esto? Pues, aquí aparece inmediatamente una contradicción. Tengo que emplear la primera persona porque creo que nadie piensa como yo. Y volvemos a caer en la simpleza de creer que somos el ente único, absoluto, distinto a todos los demás, porque no pensamos en la posibilidad de que otras personas piensen algo que no se conoce públicamente. No pensamos que eso no significa que otras personas no hayan pensado lo mismo que nosotros, antes o en forma simultánea. Eso explica que, muchas veces, haya canciones o poemas que se parecen, aunque sus autores o compositores jamás hayan oído otra versión. Naturalmente que existen plagios, pero en esos casos las coincidencias o los parecidos son demasiado evidentes. Es como cuando buscamos información en alguno de los motores de búsqueda de Internet y encontramos cientos de páginas que dicen exactamente lo mismo que otras. Naturalmente que hubo una versión original y las demás son copias. Es difícil saber cuál de los autores de esas páginas es el que ha escrito antes que los otros, porque los plagiadodes no nos mencionan la fuente que han copiado. Cuántas veces no nos han escrito cartas o enviado frases de amor tan perfectas, pero que no corresponden, en absoluto, con la forma de escribir o hablar de esas personas que nos envían cosas tan bonitas. Para quienes tienen capacidad intelectual suficiente es fácil darse cuenta de la falsedad de esas frases, que han sido copiadas de un libro o de citas que aparecen en medios de comunicación o en redes sociales. En realidad son plagios, aunque son hechos en forma inocente, muchas veces por no poder expresar sus sentimientos por sí mismos.

Deberíamos hacer un esfuerzo y mejorar nuestra capacidad de selección de la información, tanto a nivel de amigos como de las noticias que nos llegan de todas las fuentes posibles. Para ello es imprescindible aumentar nuestros conocimientos. El problema está en que los conocimientos llegan de fuentes que casi nunca son fidedignas. La mayoría de los libros, obras musicales, películas y series de televisión están basadas en mentiras. Nos mienten desde que nacimos, incluyendo la enseñanza en las escuelas primarias y también en la enseñanza superior. Todo está hecho para que creamos todo lo que nos dicen, sin que podamos cuestionar nada. No nos dan la opción de pensar libremente, de analizar los problemas prescindiendo de dogmas o de ideas preconcebidas de antemano por nuestros profesores, los que, a su vez, las han recibido de otros educadores y de toda la maquinaria publicitaria de los distintos sistemas de gobierno y administración.

Para fomentar más fácilmente las ideas de todo un sistema político se recurre, en la mayoría de los casos, a las religiones de todo tipo, que nos acompañan, también, desde que nacemos. Nuestros padres nos imponen una religión que a ellos les impusieron, como sucedió con todos sus antepasados. Nos hacen adorar fetiches de todo tipo de formas, colores y que representan ideas, normas, muchas veces descabelladas y sin sentido lógico alguno. Pero como la presión del entorno es tan grande nos las creemos y obedecemos sin razonar. Puesto que nos las imponen a temprana edad todas esas ideas van quedando en nuestro cerebro como actos reflejos, no pensamos pero creemos que lo hacemos. Así aceptamos la «opinión pública», de lo que todos los que están en nuestro entorno y en toda la sociedad están convencidos es verdad. Si alguien se atreve a cuestionar ese conjunto de normas y dogmas se lo aísla o ridiculiza, se intenta convencerlo de lo que opina «la mayoría», de lo que son cánones establecidos. Se le aplican epítetos que quieren «demostrar» que su forma de pensar es incorrecta, se lo tilda de «soberbio», «sacrílego», «insensato», etcétera. En épocas históricas anteriores se usaban palabras más duras e incluso se castigaba a quienes se atrevieran a decir algo que pudiera contravenir una pequeña parte de las ideas que imponían las religiones. El delito era herejía. Uno de los ejemplos más claros de esto fue la acusación de la Iglesia Católica contra Galileo Galilei, por afirmar que el planeta Tierra se movía en el espacio. Para no ser condenado a muerte, este gran científico tuvo que renunciar a una gran verdad. De ahí que surgiera la leyenda de que, en voz muy baja había dicho: «y, sin embargo se mueve». No se lo condenó a muerte gracias a que renegó de la verdad, pero se los castigó con prisión, aunque cuando murió estaba cumpliendo arresto domiciliario. Y eso que Galileo nunca dejó de ser católico.

Hoy en día a nadie se le ocurriría encerrar a alguien por contradecir las ideas religiosas, por lo menos, no en el mundo occidental. Pero sí se lo condena al silencio y al rechazo colectivo. Para muchos creyentes, un librepensador es alguien desorientado o poseído por fuerzas diabólicas que han nublado su capacidad de pensar. Hay personas que, a pesar de saber que un individuo es ateo o agnóstico, se intenta persuadirlo de que un mundo sin Dios es imposible, se le envían bendiciones o se lo invita a la oración, sin entender que, si se ha llegado a ser libre de pensamiento (libre de dogmas) no es posible cambiar sus ideas. Una persona que no cree en Dios, habiendo sido antes creyente y habiendo hecho grandes esfuerzos para liberarse de creencias religiosas gracias a un largo proceso de raciocinio, no vuelve fácilmente atrás en su evolución intelectual.

Volviendo al inicio de esta entrada, cuando me he referido a que el «yo» en realidad no existe es porque cada uno de nosotros es el conjunto de reacciones de nuestros órganos, que parecen estar formados por una asociación de seres que nos dirigen. No es que tengamos «marcianitos» pequeños en nuestro interior sino que estamos compuestos por trillones de células y microorganismos que están en todos nuestros sistemas, desde el sistema respiratorio hasta los sistemas endocrino, digestivo y reproductor. Únicamente en nuestros intestinos tenemos más de 30 billones de bacterias de centenares de especies distintas. Nuestro sistema inmune está conformado por verdaderos ejércitos de células que nos defienden contra los enemigos que nos atacan constantemente. Ya en el sistema respiratorio tenemos varias barreras de defensa, que nos defienden contra virus y bacterias que intentan entrar. Nuestro organismo actúa con mucha eficacia, activando todos los dispositivos de defensa. Luego, en la sangre tenemos los glóbulos blancos y anticuerpos que se van generando cuando somos atacados por nuestros diminutos enemigos. Todo parece estar coordinado a la perfección. Todas nuestras reacciones están dirigidas por neuronas que se producen en nuestro cerebro y otras partes de nuestro organismo. La comunicación se hace a través de muchas ramificaciones que responden a una serie de descargas eléctricas. En resumen, incluso cuando estamos durmiendo, el conjunto de células humanas, unidas a las bacterias que nos acompañan en nuestro viaje por la vida, trabajan para mantenernos sanos y vivos. Cabe decir que nuestras células, en sus inicios también eran bacterias. Las mitocondrias, uno de los organelos que hay en cada célula humana, también pudieron haber sido bacterias. Esto quiere decir que nuestro organismo es el resultado de la unión de muchos billones de bacterias. Las bacterias que viven en un cuerpo humano pueden ser entre 39 y 49 billones. Nuestras células son solo 30 millones, lo que quiere decir que la cantidad de bacterias que tenemos en nuestros cuerpos son diez veces superiores a nuestras células.

Para quienes, estas afirmaciones resultan absurdas, se les puede recomendar que lean libros de biología y nutrición. No son fantasías, es una realidad que se ha comprobado científicamente.

Más allá de lo que consideremos nuestro cuerpo como un individuo, así como nuestros sistemas, nuestros órganos y nuestras células (dirigidas por nuestras neuronas) son un conjunto, cada ser humano se comunica con millones de seres humanos cada día. Esto lo hacemos directa o indirectamente. Nuestro entorno, se puede componer de unos centenares de individuos, los que se comunican cada uno de ellos con otros centenares, lo que va uniendo a miles y luego millones de seres humanos. Los sistemas de transporte están conectados entre sí de miles de formas. De ahí que la pandemia del Covid-19 se haya propagado por todo el mundo, con la rapidez que conocemos. Por lo tanto, la Humanidad en su conjunto parece formar un solo individuo, en este minúsculo planeta  que forma parte de un inmenso sistema solar, que a su vez no es más que una minúscula parte del Universo.

Esta idea será más desarrollada en algunas de mis entradas futuras o en algún capítulo de la novela «Oscuridad».

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